13 de julio de 2015
1 de julio de 2015
LA ÉPOCA OSCURA. A quien corresponda o la irremediable necedad del ser humano.
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| Un ciudadano se manifiesta contra la denominada "Ley Mordaza". Madrid. 30 Junio 2015 |
Cuando se produce un desastre
natural como un terremoto o una inundación, ¿imaginas cual es el bien más
valorado por las personas que pierden su hogar en esa catástrofe?
Es el álbum de fotos familiar.
Sí, y tanto es así, que vuelven al lugar de la tragedia en su incesante búsqueda.
Las fotografías forman parte de nuestra vida y
ver imágenes del pasado nos hace revivir momentos felices, divertidos, y nos
transporta a un pasado cercano que nos inunda de sentimientos y emociones. En
definitiva, la fotografía tiene el poderoso don de hacernos revivir una época que ya no volverá. De ahí
el elevado valor –y merecido- que le otorgamos a las imágenes.
Hacemos más fotografías que nunca.
Ya en 2011 se decía que en dos minutos se hacían más fotografías que en todo el
siglo XIX. Es lo que nos ha legado la revolución digital, pero…. no todo son
parabienes.
Si no ponemos remedio, dos hechos
convertirán las primeras décadas del siglo XXI en LA ÉPOCA OSCURA.
El primero de ellos concierne a nuestros hábitos y es la no
conversión de nuestras imágenes digitales en soportes físicos como es la
fotografía positivada en papel.
Sí o sí todo archivo digital se
perderá pasado el tiempo y no perdurará ni podremos legarlo a nuestros hijos.
Dicen que hay dos clases de
discos duros (sí, esos dispositivos donde almacenamos nuestros archivos
digitales): los que se han roto y los que se van a romper. Siento comunicar
esta mala noticia, pero el futuro no es
alentador. Por muchas copias de seguridad que tengamos, nada ni nadie nos
asegura la perdurabilidad de las imágenes digitales o la compatibilidad con los
futuros dispositivos de lectura (¿o acaso dispones ahora de un ordenador de sea
capaz de leer la información almacenada en los clásicos y populares diskettes
de antaño?).
Pero, parémonos un momento a pensar… ¿qué pasa
con las fotografías de nuestros padres, abuelos y bisabuelos? Que las
disfrutamos a día de hoy, por el simple hecho de estar en un soporte físico – y
no digital- llamado papel.
Me gusta la fotografía antigua y
de hecho colecciono fotografía española del XIX e inicios del XX como daguerrotipos, ferrotipos, albúminas,
gelatino-bromuros, en diversos soportes como cristal, acetato, papel, etc.. y
disfruto de ellas tras más de 130 años de existencia, y… ahí están, como la
Puerta de Alcalá. ¿Podremos decir lo mismo nuestros nietos de las fotos que hoy
hacemos? Mucho me temo que no, salvo que las positivemos en papel o en algún
soporte físico.
El segundo de los hechos que convertirán a nuestra época en oscura,
son las incomprensibles normativas y leyes que nos prohíben realizar
determinadas tipos de fotos.
Hoy entra en vigor la denominada
Ley Mordaza y uno de los aspectos más controvertidos es la prohibición de publicar
fotografías a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado “cuando pongan en
peligro la seguridad personal o familiar de los agentes, de las instalaciones
protegidas o en riesgo el éxito de una operación”, o lo que es lo mismo, en mi
opinión, se deja a criterio del policía fotografiado la interpretación de una
ambigua norma, que ha denunciado Amnistía Internacional: “Captar imágenes de la
policía, ya lo hicieran periodistas u otras personas con cámaras o teléfonos
móviles, ha ayudado en ocasiones a difundir información sobre el uso excesivo
de la fuerza por parte de la policía”, y eso “no gusta a determinados
estamentos”.
Otro ejemplo de norma que no se
entiende es la prohibición de publicar fotografías de edificios públicos y algún paisaje que se rigen por derechos de
autor y copyright.
Si te vas a París con tu pareja y
os hacéis un selfie con el fondo de la torre de la torre Eiffel de noche, ni se
te ocurra publicarla en facebook o en alguna red social, bajo el riesgo de que
te multen por infringir la ley que protege el especial iluminado de este
emblemático lugar.
¿Una foto de Notre Dame o el
Louvre? No lo hagas, no piensen que te
vas a lucrar con ella y ¡zas!, sanción al canto.
Y ¿qué me dices de los suntuosos
hoteles de Las Vegas? Pues que tienen su imagen licenciada bajo derechos contra
uso comercial. Y lo mismo ocurre con el
Uluru, la famosa roca gigante de arenisca que caracteriza a Australia, el cual
es lugar protegido por derechos contra uso comercial.
Podríamos seguir enumerando los
lugares donde nos impiden ejercer el noble y lícito arte de la fotografía como
Museos, cementerios, e incluso determinados chefs prohíben hacer fotos a los
platos en sus restaurantes.
Otro “simpático aspecto” surgido
de la mente de algún bienpensante es la
necesidad de disponer de autorización de las personas que sean identificables
en una fotografía que has tomado en plena calle, y que utilices, por ejemplo
para presentar a un concurso.
¿Te imaginas practicar la street
photography, tan en boga hoy en día, y tras cada toma dirigirte al susodicho
que acabas de conservar en bits pidiéndole que te firme un documento que te
autorice a utilizar la foto donde él aparece? Yo desde luego, no estoy
dispuesto a ello.
Hace no mucho leía
que “lo maravilloso y preciado de toda esta documentación que se ha generado en
los últimos 160 años de toma de fotografías, nos dice quienes y como hemos
sido, de dónde venimos y como ha sido el mundo en todo sus detalles visuales”.
De seguir con estas prácticas restrictivas a la toma de imágenes, no podrán
decir lo mismo las generaciones venideras, a las cuales, por activa o por
pasiva, se les está limitando su derecho a conocer su pasado, es decir, nuestro
presente.
Las sociedades se han ido forjando culturalmente a
golpe de click y espero y deseo que así siga siendo.
Así que, esas fotos que tienes
almacenadas en la tarjeta de memoria de tu cámara digital, en un disco duro o
en la micro sd de tu móvil, por el bien de tus preciados recuerdos,
positívalas, y con ellas crea y conforma tu Álbum de Fotos familiar, antes de
que sea demasiado tarde. No dejes que se borre la memoria de tus vivencias.
2 de junio de 2015
5 de mayo de 2015
Cucurrumachos de Navalosa (Ávila)
El domingo denominado “gordo” se celebra en Navalosa uno de los carnavales
más auténticos de la provincia de Ávila, enmarcado en las mascaradas de
invierno.
Se trata de los Cucurrumachos,
tradición de origen indeterminado que bien podría considerarse un rito de
exaltación ganadera.
La fiesta tiene dos partes bien
diferenciadas, siendo los protagonistas de la mañana los quintos nuevos para
dejar paso por la tarde a los
fantasmagóricos cucurrumachos, quintos viejos de la localidad.
La mañana comienza temprano para
los cinco quintos que en 2015 cumplen su mayoría de edad: Víctor, Jesús,
Daniel, Diego y Miriam. Es su día y van ataviados elegantemente con traje
negro, sombrero, pañuelos bordados, guantes blancos, cintas, escarapelas y un
bastón.
Van recorriendo las angostas
calles de Navalosa, a cuyas casas de granito berroqueño llaman para que los
lugareños amablemente les obsequien con alimentos de todo tipo, sobre todo
huevos, muchos huevos como marca la tradición y donativos pecuniarios. Este año
recaudarán 1.022 €, doscientos euros menos que en 2014.
Los Hoyancanos son generosos y
las viandas, dulces, conservas y bebidas que proporcionan a los engalanados
quintos, se van depositando en las alforjas del burro que les acompaña y darán
buena cuenta de ellas en la comida vecinal que comunalmente degustarán.
Dos lugareños ataviados con mantas acompañan a
los quintos y haciendo sonar los
cencerros que portan en sus cinturas, alertan a los vecinos de su presencia, ante
lo cual, abren las cancelas de sus puertas para agasajar debidamente al
quinteto.
Va transcurriendo la mañana y se
hace una pausa en el bar de la carretera para reponer energía en forma de malta
fermentada. Tras ello, continuamos el camino por senderos que nos conducen a amplias
casas parceladas, donde continúa la dación. Se va acercando la hora de comer, y
un servidor es invitado por el grupo a compartir pábulo. Agradecido, declino el
convite; estoy realmente molido –quizás el madrugón que me he marcado y la
marcha matinal ha hecho estragos- y
necesito descansar.
La tarde nos brinda un festejo
diferente. Es como si participáramos de una tradición completamente nueva. Son
las cuatro y media p.m. y es la hora de los cucurrumachos, vecinos que van
saliendo de garajes y casas disfrazados con máscaras de madera con pelo de
crines y colas de caballo. Son unos seres realmente horripilantes, que portan
mantas pingueras y harapos; apenas se les ve la cara y en la testuz portan una
generosa cornamenta.
Junto a la fuente, bailan al son
de los cencerros que cuelgan de sus cinturas y para hacer honor a sus malévolas
intenciones, lanzan paja a toda persona que está a su alcance.
Entonces, se dirigen a la plaza
del ayuntamiento donde coincidirán con los quintos nuevos. Allí, unos y otros
danzan alrededor del Mayo, no dejando los fantasmales seres de arrojar el heno
a las serranas allí congregadas.
Desde el balcón del ayuntamiento,
se cantan coplas, se narra el ancestral rito
que se interpreta y se informa
del recuento de las donaciones recogidas.
Para finalizar, un par de
disparos simulados dan muerte al vaquilla,
representada por uno de los quintos, quien, tras recibir el plomo, cae
fulminado ante el Mayo.
Muerto el vaquilla empieza el baile amenizado por dulzainas. Los más
viejos del lugar rememoran sus años mozos y esgrimen la mejor de su sonrisa,
añorando aquel tiempo en que ellos fueron los protagonistas de la
historia.
La Sierra de Gredos ha
escenificado la sempiterna lucha entre el bien y el mal y nosotros nos
despedimos de los que han sido nuestros acólitos en esta jornada que siempre
permanecerá en mi memoria.
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